Cada vez que Ceuta o Melilla atraviesan una crisis migratoria, el debate vuelve a ocupar los titulares y las acusaciones contra Marruecos se multiplican. Sin embargo, con frecuencia se olvida una cuestión fundamental: este conflicto no comenzó con la inmigración, sino que hunde sus raíces en la ocupación de dos ciudades que formaban parte del Marruecos histórico antes de la expansión europea.
Desde hace años se repite el mismo escenario: crisis migratorias, acusaciones contra Marruecos por utilizar a los migrantes como instrumento de presión, llamamientos a reforzar las fronteras y exigencias para que Rabat controle los accesos a Ceuta y Melilla. Mientras tanto, el origen histórico de la disputa queda relegado, como si la historia de ambas ciudades hubiera comenzado con las actuales vallas fronterizas.
Ceuta y Melilla no fueron españolas desde su origen. Ceuta fue ocupada por Portugal en 1415, cuando el Estado meriní marroquí seguía existiendo, y Melilla fue ocupada por España en 1497, durante el periodo wattasí. No se trataba, por tanto, de territorios sin autoridad política, sino de espacios vinculados a un Estado marroquí que tuvo que hacer frente a la expansión portuguesa y española.
La ocupación de ambas ciudades se inscribió en un proceso más amplio de expansión europea para controlar puertos, estrechos y rutas comerciales, que posteriormente desembocaría en el establecimiento del Protectorado sobre gran parte de Marruecos en 1912. Aunque Marruecos recuperó su independencia en 1956, la cuestión territorial no quedó completamente cerrada desde la perspectiva marroquí. Ceuta, Melilla, el Peñón de Vélez de la Gomera, el Peñón de Alhucemas, las Islas Chafarinas y Perejil siguen siendo consideradas por Marruecos parte de una cuestión histórica pendiente. La crisis de Perejil, en 2002, demostró que esta disputa continúa teniendo una dimensión política y diplomática.
Recordar este pasado no significa vivir anclados en él. Significa comprender el presente a partir de sus raíces. Marruecos atravesó siglos de enfrentamientos con las potencias europeas, sufrió la ocupación de sus costas y plazas y posteriormente quedó sometido al sistema de Protectorado. Como ocurrió con otros países colonizados, aquella etapa dejó consecuencias políticas, económicas y sociales que sobrevivieron a la independencia.
Por ello, resulta difícil aceptar discursos que sostienen que «Marruecos no existía» cuando se produjeron aquellas ocupaciones. ¿Contra quién luchaba Portugal en Ceuta en 1415? ¿Contra quién combatía España al ocupar Melilla en 1497? ¿Sobre quién se estableció el Protectorado en 1912? Las guerras, tratados y acuerdos entre Marruecos y las potencias europeas constituyen precisamente una evidencia de la existencia de una autoridad política y de un Estado marroquí.
El problema no está en que España y Marruecos mantengan interpretaciones diferentes sobre la soberanía de estos territorios. El problema aparece cuando una determinada narrativa comienza la historia en el momento de la ocupación y elimina todo lo anterior. La historia no debería convertirse en un relato selectivo condicionado por intereses políticos.
Hoy, la cuestión de Ceuta y Melilla suele reducirse al fenómeno migratorio. Marruecos es juzgado por el número de personas que consiguen alcanzar ambas ciudades, mientras se olvida que las raíces de la disputa se remontan a más de seis siglos y que el desacuerdo comenzó mucho antes de la Unión Europea y de las actuales crisis migratorias.
Para España, Ceuta y Melilla tienen un enorme valor estratégico: representan una presencia permanente en la orilla sur del Mediterráneo, refuerzan su posición en el entorno del estrecho de Gibraltar y forman parte de la frontera exterior de la Unión Europea. Al mismo tiempo, España depende en buena medida de la cooperación marroquí para contener la inmigración irregular, lo que implica importantes recursos humanos, logísticos y de seguridad por parte de Rabat.
Aquí aparece una de las principales paradojas del conflicto: España obtiene beneficios estratégicos y económicos de ambas ciudades y, al mismo tiempo, exige a Marruecos una participación significativa en la protección de sus accesos, responsabilizándolo cuando se producen crisis migratorias. Desde la perspectiva marroquí, esta situación refleja la continuidad de un problema histórico cuyos efectos todavía condicionan las relaciones bilaterales.
Cada nueva crisis vuelve a poner el foco en los migrantes, las fronteras y la responsabilidad de Marruecos, mientras el trasfondo histórico vuelve a quedar relegado.
La historia no comienza en el momento que mejor conviene a una determinada interpretación política. Para comprender la cuestión de Ceuta y Melilla hay que mirar más allá de las vallas, las embarcaciones y las crisis diplomáticas, y regresar al origen: la ocupación y la posterior transformación de un espacio cuya dimensión histórica continúa influyendo en la política del presente.
Sin comprender ese origen, el debate seguirá concentrándose en las consecuencias mientras deja fuera una parte esencial de las causas.

