
Tetuán es una blanca ciudad de maravilla. En otras manos constituiría ya centro de turismo mundial. Pocas urbes podrán comparársela en caudal lírico. Un paseo de dos horas por el barrio indígena y se sale de él sabiendo a vino nuevo la boca y con el alma enflorecida. ¿Cuál es el encanto de Tetuán?
No esperéis emociones de novela ni sentir nacer nostalgias de aventuras de la reconquista. La impresión es otra, como si pasáseis la mano sobre viejos tapices tejidos con hilo de oro. No os saltarineará el corazón en el pecho cual ocurre en Sevilla, afanoso de cantar y bañarse de sol. No os trepará por el espíritu el romanticismo musical, oliendo a incienso, de las viejas ciudades castellanas: Toledo, Segovia, Burgos, Ávila. No sufriréis la melancolía exquisita verdinegra y poblada de escrúpulos de Santiago y Oviedo. Es otra la seducción de Tetuán.
Os gana el espíritu una quemante sensación de sensualidad. Los muros, monótonos, carecen de rejas y ventanas; las calles, laberínticas y la mayoría sin salida, estrechas y binas. El sol baja a ellas como en una travesura.
Ni flores, ni árboles, ni portadas monumentales.
Paz, silencio, repetición de las perspectivas, siempre pequeñas, como si hubiesen sido ideadas por un miope.
¿Por qué entones posee la ciudad esa magia embriagadora de feminidad aterciopelada que hace de cada visitante un poeta?
Es la ciudad hembra, acaso porque en ella apenas pisan las calles las mujeres. Hembra, casta, pudorosa. Hay que adivinar su belleza. Su hermosura como toque de clarín que enardeciera a la imaginación. Y su prodigio, prodigio no de linterna sino de espuela. No lo que se muestra, sino las doncellas en que hace pensar, con que hace soñar, que hace desear. La ciudad fermento. Y allá en lo íntimo, en el secreto del huerto interior, es donde se operan los milagros donde las rocas se cubren de flores en una primavera inesperada y los muros derruidos vuelven a fraguarse, y la ceniza a dar llama, y los ojos lacrimosos a secarse con hogueras de pasión.
Se avanza muy despacio por esos callejones. A veces sorprendéis a un europeo parado con los ojos a medio abrir, como si fuese a quedarse dormido de pie. Pasad de largo; está atendiendo a su desfile de locos pensamientos, que desatrailló la visión fugaz de una mora en el fondo de esa calleja, tan sombría, que dijérase una mazmorra, tan estrecha, que dijérase la entrada a una tumba olvidada, tan silenciosa, que dijérase el claustro de un convento en ruinas.
No, no esperéis las maravillas pirotécnicas de la poesía de Granada; el secreto del poder sugestivo reside aquí en un misterioso hechizo, que hace ver lo que no hay, amar lo que no se conoce, sentir celos de lo que no existe. Como si un Dios compasivo hiciese prestidigitación con ilusiones que, aún siendo nuestras, ignorábamos.
Perderse en los laberintos del barrio indígena equivale dejarse conducir por un juglar caprichoso que gustase la rara tentación de llevar por antorcha nuestro corazón humeante. Tras cada puerta nos parece adivinar la virgen que espera robárselo.
Un milagro de lirios y azucenas de la eterna poesía que sólo aquí es factible observar. No cabe defensa. Quién no sonó jamás, el más metalizado de los mortales, el que no besó una flor, el más egoísta, el que no deseó hijos, el más rudo, el que nunca amó, sonará aquí y se sentirá crepitar de lirismo.
¡Cuántos disgustados de la vida, no se reconciliarían consigo mismos si viniesen a Tetuán a caminar por sus calles mágicas!
¡Tetuán, la divina embrujadora: mereces un culto que no le dedican!
Dr. César Juarros,
Tetuán 11-3-1922

