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Enseñanza – aprendizaje de lenguas extranjeras: Una lengua no se adquiere, se habita

Por: Aoulad abdelkrim Abdelmounim Hispanista marroquí y profesor de español

En un mundo cada vez más globalizado, las lenguas extranjeras se han convertido en uno de los principales puentes entre culturas, economías y sensibilidades. No son únicamente herramientas para negociar o viajar, sino espacios de encuentro donde se revelan las formas diversas de pensar, de sentir y de entender el mundo. Aprender otra lengua significa entrar en la intimidad de un pueblo, comprender cómo nombra lo que le rodea y cómo organiza su experiencia vital. En esa labor, el individuo se abre a una visión cosmopolita que disuelve fronteras y relativiza certezas, porque descubre que la realidad no es única ni uniforme, sino plural y compartida.

El lenguaje, más que un código, es una forma de pensar y de ser/estar en el mundo. Aprender otra lengua significa abrirse a una nueva ontología, como sugiere la hipótesis de Sapir-Whorf, pero también implica entrar en un proceso de formación integral que grandes pensadores han defendido desde distintas perspectivas. Noam Chomsky, por ejemplo, subrayó que la facultad del lenguaje es innata y universal, pero que su desarrollo depende de la interacción con un entorno rico y estimulante. Esta idea conecta con la visión de Lev Vigotsky, quien insistió en que el lenguaje es la herramienta cultural por excelencia para el desarrollo del pensamiento, y que el aprendizaje ocurre en la interacción social, en esa “zona de desarrollo próximo” donde el otro nos ayuda a expandir nuestras capacidades.

En contraste con la visión mercantilista que reduce el idioma a un producto de consumo rápido, la tradición pedagógica de María Montessori nos recuerda que el aprendizaje auténtico requiere tiempo, experiencia sensorial y libertad para explorar. Para ella, el lenguaje no era solo un medio de comunicación, sino un puente hacia la construcción del yo y la integración en la comunidad. Dell Hymes, desde la sociolingüística, añadió que la verdadera competencia no es únicamente gramatical, sino comunicativa: saber cuándo, cómo y por qué usar una lengua en contextos sociales diversos. Esta competencia intercultural es la que permite que el hablante no se limite a transaccionar, sino que pueda interactuar con empatía y profundidad.

Si se atiende a estas posturas, el impacto cognitivo y ético del bilingüismo se revela con claridad. Aprender otra lengua es un ejercicio de descentramiento, de mirarse desde fuera, de comprender que la propia visión del mundo es solo una entre muchas. Es también un antídoto contra el prejuicio, porque difícilmente se puede odiar una cultura cuya lengua se ha hecho propia. Y es, finalmente, un acto de metacognición: al estudiar otra gramática, el individuo comprende mejor los mecanismos de su propio pensamiento, se vuelve consciente de cómo construye significados y cómo puede transformarlos.

La tesis humanista del lenguaje se enriquece, entonces, con estas voces que convergen en un mismo punto: el idioma no es un martillo para golpear la realidad, sino un espejo para reflexionar sobre ella. Chomsky nos recuerda su universalidad, Vigotsky su dimensión social, Montessori su carácter formativo, Hymes su función cultural. Frente al instrumentalismo que convierte las aulas en fábricas de certificaciones, estas perspectivas nos invitan a rescatar el humanismo lingüístico: enseñar y aprender lenguas no para poseerlas como mercancías, sino para habitarlas como mundos. Porque una lengua extranjera no se adquiere para ganar dinero, sino para ganar humanidad. Y un profesor que no transmite la cultura entrega un cuerpo sin alma; en cambio, quien enseña desde la filología y la sociolingüística abre la posibilidad de que el lenguaje siga siendo lo que siempre fue: la más profunda expresión de nuestra condición humana.

La globalización, con su tendencia a homogeneizar y estandarizar, corre el riesgo de reducir las lenguas a simples instrumentos de productividad. Sin embargo, cuando se las vive en su dimensión humanista, las lenguas extranjeras se convierten en antídotos contra el aislamiento y el prejuicio. Nos enseñan que la comunicación no es solo intercambio de información, sino también reconocimiento del otro, empatía y construcción de comunidad. En este sentido, el aprendizaje de idiomas es mucho más que una competencia técnica: es una forma de resistencia cultural y ética frente al pragmatismo extremo que amenaza con vaciar de alma la educación lingüística.

Por: Aoulad abdelkrim Abdelmounim
Hispanista marroquí y profesor de español

Así, la apertura hacia las lenguas extranjeras en la era global no debería limitarse a la utilidad inmediata o a la instrumentalización del lenguaje, sino que debe reivindicar su papel como catalizadores de pensamiento crítico, sensibilidad intercultural y humanismo. Porque cada lengua que habitamos nos recuerda que el mundo es más amplio de lo que imaginamos y que nuestra humanidad se expande en la medida en que somos capaces de escuchar y comprender la voz del otro.